Posteado por: ricardelapera | Abril 17, 2007

EL CID EN TIERRAS TERUELENSES Y CASTELLANAS

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Santa María de Albarracín fue, en tiempos del Cid, capital del reino bereber de los Banu Razín. Emplazada en un marco natural impresionante, toda la ciudad, amurallada en los siglos XIII y XIV, está declarada Monumento Nacional. La catedral, las casas solariegas o el laberinto de callejuelas estrechas y empinadas, típicamente medieval, configuran una visita única teñida por el color rojizo del yeso característico de la zona. Albarracín es también inicio de numerosas rutas senderistas y excursiones por una sierra de alto valor paisajístico y medioambiental.

En el Cantar, Albarracín es para los compañeros y parientes del Cid un lugar neutral de paso entre Valencia y Castilla. Históricamente, las relaciones entre el Cid y Abu Marwan, rey de la taifa, no fueron tan pacíficas: en 1093 el rey musulmán rompió el tratado de paz firmado con el Cid; en represalia, éste lanzó un ataque por las tierras de Albarracín, sufriendo, en una de las escaramuzas, un lanzazo en el cuello que a punto estuvo de costarle la vida.

Desde Albarracín el Camino se dirige a Gea de Albarracín, y desde allí a Cella. Cella , “la del Canal”, es citada repetidamente en el Cantar en alusión al acueducto romano que, bordeando la carretera, viene de Albarracín. El acueducto fue utilizado hasta la Edad Media, en que fue abandonado al abrirse en Cella, en el siglo XII, la conocida como “Fuente de Cella”, que está considerada como el mayor pozo artesiano de Europa. Es Cella el lugar que el Cid del Cantar elige para esperar a los refuerzos que le ayudarán a conquistar Valencia.

La siguiente parada obligada es Teruel, la que el mismo Cid metió en paria y capital del mudéjar aragonés, del que dan buena cuenta sus cuatro torres y el artesonado de la Catedral, decorado con figuras vegetales y geométricas y escenas de la vida medieval. Los artistas mudéjares fusionaron las técnicas arquitectónicas cristianas y el empleo de ornamentación árabe para crear un estilo único en el mundo, el mudéjar. En 2001, el mudéjar aragonés fue declarado Patrimonio de la Humanidad. Destaca también, por su importancia, su acueducto y, por su singularidad e historia, la plaza del Torico.

Desde Teruel, a la altura de la Puebla de Valverde, el Camino se dirige hacia la Sierra de Gúdar. El paisaje cambiante parece anunciar los impresionantes parajes de la Sierra. Dos son las poblaciones principales de visita imprescindible: Mora de Rubielos y Rubielos de Mora. Mora de Rubielos es toda una sorpresa para quien desconoce los vestigios medievales de esta localidad, entre los que destaca su castillo: inicialmente fortaleza musulmana, en el siglo XII fue conquistado por Alfonso II; su imponente figura fue testigo de las luchas entre las coronas de Castilla y Aragón. Pero más allá de sus hitos significativos, el paseo por sus calles dará ocasión al viajero de descubrir, en las formas y detalles de su arquitectura, toda una época en la que Mora ocupó un lugar importante. Separada de su hermana por 12 km, Rubielos de Mora, por su arquitectura y su entorno paisajístico, es uno de los conjuntos urbanos más atractivos de la geografía turolense: sus casas solariegas y sus edificios religiosos, donde sobresalen las líneas góticas y renacentistas, merecen una visita pausada que nunca defraudará al viajero.

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Desde Rubielos de Mora surge el Anillo del Maestrazgo, que recorre tierras de Teruel y Castellón y enlaza con el Anillo de Morella, ambos de un enorme valor histórico y paisajístico.

El Anillo del Maestrazgo, con sus doscientos kilómetros de longitud, nos invita a recorrerlo en varias jornadas. El visitante que se acerque a estos parajes se adentrará en paisajes de intensa belleza, un auténtico paraíso natural del que podrán disfrutar los amantes de la Naturaleza y de la Historia. En algunas localidades de este trazado existen numerosas oportunidades para realizar actividades como el senderismo o los deportes de aventura.

El Anillo del Maestrazgo tiene dos entradas posibles: en Teruel por Rubielos de Mora, y en Montanejos, por Castellón de la Plana. Desde Rubielos de Mora nace el recorrido turolense de este anillo. Las diversas localidades turolenses que jalonan este trazado, enmarcadas, como Linares de Mora, en un escenario natural excepcional, poseen todos los atractivos de la arquitectura de montaña, aún libre del desarrollo urbanístico.

Tras pasar Mosqueruela, el visitante podrá seguir por el puente románico de Sant Miquel de la Pobla el itinerario castellonense del anillo o enlazar por la Iglesuela del Cid con el Anillo de Morella. Desde Villafranca del Cid se desciende por poblaciones de alto interés como Benassal -villa de origen árabe que aún guarda restos de su antigua muralla-, Culla -villa cedida en 1303 a la Orden del Temple, y que aún guarda su sabor medieval en su casco antiguo, declarado conjunto histórico-artístico- o Ribesalbes -antigua alquería musulmana-, hasta llegar a Onda, parada imprescindible en el recorrido cidiano. Conquistada por el Cid en 1090, presenta numerosos atractivos para el visitante, entre los que destaca el Castillo de las 300 torres, así llamado por los numerosos torreones y atalayas que presentaba. El pasado de Onda, y también su futuro, se refleja también en su artesanía, y puede disfrutarse en el interesante Museo Municipal de Cerámica y Azulejo, que cuenta con miles de piezas desde el gótico hasta nuestros días.

Desde Onda, el visitante puede regresar al Eje por Montanejos, atravesando parajes de gran interés paisajístico.

La ruta parte de la turolense Iglesuela del Cid -donde, en un bello rincón de la serranía, se halla la ermita de la Virgen del Cid-, y puede realizarse en ambos sentidos, siendo su objetivo principal la imponente Morella. En Iglesuela, los templarios edificaron un castillo sobre los cimientos de otro anterior. Aunque desapareció en el siglo XIV, aún se conservan la fortaleza y la torre del homenaje. Hacia el noroeste, la ruta pasa por pueblos de indudable encanto, como Cantavieja o Mirambel. Ubicada en los imponentes paisajes del Maestrazgo, Cantavieja invita al paseo entre sus calles de resonancia medieval. Su Ayuntamiento, de estilo gótico, sus casonas blasonadas o la iglesia gótico-templaria de San Miguel, son buena prueba del pasado de la localidad. Muy cerca, los tesoros de Mirambel parecen esconderse tras la muralla que rodea la ciudad. Su torreón de planta irregular, sus casas de impresionantes aleros, y las formas medievales de su recorrido urbano, hacen de Mirambel visita ineludible para quien se acerque a los increíbles paisajes del Maestrazgo. Olocau del Rey es, según algunos estudiosos, el “Alucad” citado en el Cantar.

Olocau del Rey es una localidad vinculada estrechamente con el Cid histórico, ya que allí levantó un auténtico nido de águilas con el fin de controlar la zona. De aquellos tiempos quedan las ruinas del castillo del siglo XI, llamado “del Cid”. No es éste el único recuerdo cidiano que existe en la zona; en todo caso, los parajes que lo rodean bastan para entender la importancia estratégica del lugar. A 70 km al norte de Olocau, queda la monumental e histórica Alcañiz, que posee un rico legado medieval.

Tras dejar Todolella, los esfuerzos de los cicloturistas que deseen transitar este atractivo anillo se ven recompensados con la imborrable visión de la inexpugnable Morella. Presidida por su castillo medieval y rodeada por dos kilómetros de murallas, posee, en su recorrido urbano, numerosas referencias medievales que la configuran como una de las paradas inexcusables del Camino. A sus empinadas calles escalonadas se asoman pintorescas fachadas con balcones de madera y la Basílica de Santa María, una de las iglesias más llamativas de la Comunidad Valenciana. Existe numerosa documentación histórica que testimonia el paso del Cid por Morella, a veces al servicio del rey musulmán de Zaragoza y otras por su cuenta o en breves alianzas con Sancho Ramírez.

Morella puede ser el inicio de una visita a otros dos hitos cidianos en tierras turolenses: el Pinar de Tévar y Alcañiz. Muy cerca de Morella, en un lugar aún no determinado entre Monroyo y La Puebla de Alcolea, tuvo lugar la famosa batalla del Pinar de Tévar, en la que el Cid hizo prisionero al conde Barcelona, Berenguer. Los versos 957-1084 del Cantar narran la famosa batalla del Pinar, hecho que efectivamente tuvo lugar en el verano de 1090. En esta batalla, el Cid, en minoría numérica, venció a las numerosas fuerzas del conde, al que acompañaba un contingente de caballeros francos. El conde y numerosos caballeros fueron capturados y, como era usual, posteriormente liberados tras el pago del correspondiente rescate. Esta fue sin duda la victoria más grande del Cid frente a un ejército cristiano.

Más al norte, se halla la impresionante Alcañiz, cuyas tierras el Cid saqueara en busca de fortuna. El castillo de los Calatravos, la lonja y el Ayuntamiento, la iglesia gótica de Santa María, así como sus numerosos palacios, caserones y pasadizos, hacen de Alcañiz ciudad monumental y capital artística del Bajo Aragón. Desde Morella, el anillo se cierra por Cinctorres y Portell de Morella, hasta volver al punto de partida: Iglesuela del Cid.

Desde Rubielos de Mora la ruta desciende por Olba hasta entrar en la primera población castellonense del Camino: Puebla de Arenoso, enclavada en un sorprendente paisaje serrano y bañada por el río Mijares, que el imponente castillo de Arenós, del siglo XI, parece vigilar. Como muchas otras localidades de la zona, Puebla de Arenoso debió pagar tributos al Cid, en concreto 6.000 dinares, según el historiador Escolano. 10 km separan Puebla de Arenoso de Montanejos, igualmente tributaria del Cid histórico. Montanejos ha sido asentamiento de numerosas culturas, una de ellas, la musulmana, dejó huellas de su paso en las ruinas de su castillo y en sus atalayas. Lugar privilegiado, rico en aguas y paisaje, es la entrada castellonense a los Anillos del Maestrazgo y de Morella. Entre sus numerosas fuentes, destaca la de los Baños, famosa por su caudal y la temperatura estable a la que mana: 25º.

Prosigue la ruta hacia Jérica, plaza conquistada por el Cid a los musulmanes en 1098, y en la que, según una interpretación del Cantar, pudo reclutar tropas musulmanas para el asedio de Valencia. Situada en el Camino Real que unía Teruel y Valencia, su particular orografía y la presencia del río Palancia originan la estructura semicircular de sus calles, entre las que sobresale la torre campanario, de origen mudéjar, y su castillo, de origen árabe.

El camino deja Jérica para llegar a Navajas, localidad habitada por moriscos hasta 1609, año en que fueron expulsados, siendo repoblada por cristianos procedentes de Jérica. Entre Navajas y Segorbe se halla Altura, enclava en el corazón del Paraje natural de la Sierra Calderona. A pocos kilómetros, se encuentra Segorbe, ciudad monumental, entre cuyos tesoros artísticos destaca la catedral y el convento y la iglesia de los Mercedarios. Declarada Bien de Interés Cultural en 2002, las numerosas culturas que en ella se asentaron han dejado interesantes huellas de su paso: ciudad celtíbera, poseyó un importante castro romano fortificado; fue también sede episcopal visigoda antes de la llegada de los árabes; de época medieval son las murallas y torres que rodean su casco antiguo, en el que es visita imprescindible el claustro gótico de la catedral, del siglo XIII, y la capilla del Salvador. Segorbe es también conocida por la riqueza y abundancia de sus aguas.

Una red de fuentes y manantiales abastece la ciudad de Segorbe desde tiempos remotos. La Fuente de los Cincuenta Caños o su acueducto, de origen musulmán, no son sino el máximo exponente de una ciudad donde el agua tiene un especial protagonismo.


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Posteado por: ricardelapera | Abril 17, 2007

JADRAQUE.EL CASTILLO DEL CID

Jadraque. El castillo del Cid.
Le llaman el castillo del Cid a este de Jadraque, porque en el recuerdo o subconsciente popular (que también se llama tradición) queda la idea de haber sido conquistado a los árabes, en lejano día del siglo XI, por Rodrigo Díaz de Vivar, el casi mitológico héroe castellano. La erudición oficial había descartado esta posibilidad por el hecho de que en El Cantar de Mío Cid aparece don Rodrigo y su mesnada, tras pasar temerosos junto a las torres de Atienza, conquistando Castejón sobre el Henares, y ostentando durante una breve temporada el poder sobre la villa y su fuerte castillo. Se había adjudicado este episodio al pueblecito de Castejón de Henares, de la provincia de Guadalajara, que, curiosamente, está junto al río Dulce, apartado del Henares, y sin restos de haber tenido castillo.
El poeta de la gesta cidiana se está refiriendo a una fortaleza de importancia, vigilante del valle del Henares, a la que llaman Castejón los castellanos, en honor de su aspecto, pero que para las crónicas árabes puede tener otro nombre. Era éste Xaradraq. Y fue concretamente el Jadraque actual el que conquistó el Cid en sus correrías por esta zona de la baja Castilla en los años finales del siglo XI. Teoría ésta que todavía se confirma con el hecho de haber sido denominado durante largos siglos, en documentos de diversos fines, Castejón de Abajo a Jadraque, que hoy tiene una ermita dedicada a la Virgen de Castejón, de la que es fama estuvo mucho tiempo venerada en lo alto del castillo.
Todo esto viene a cuento de confirmar para este castillo del Cid de Jadraque su origen cierto en la conquista del héroe burgalés. Antes, sin embargo, ya tenía historia. Por el valle del Henares ascendía la Vía Augusta que desde Mérida a Zaragoza conducía a los romanos. En la vega se han encontrado abundantes restos, en forma de cerámicas y monedas, de esta época romana.
En tiempos de la dominación árabe, Jadraque fue asiento de habitación importante, recibiendo de esta cultura su nombre, y poniendo en lo alto del estratégico cerro, vigilante de caminos y del paso por el valle, un fuerte castillo. Uno más de los que el califato primero, y luego el reino taifa de Toledo, puso para vigilar desde la orilla izquierda del Henares su marca media o frontera con el reino de Castilla. Jadraque, durante esta época de los siglos X y XI, formó como uno más en el conjunto de estratégicos puestos vigilantes o castillos defensivos que los árabes pusieron en la orilla izquierda del fronterizo río: Alcalá de Henares, Guadalajara, Hita, el mismo Castejón o Jadraque, Sigüenza, etc, formaron el Wad al Hayara o valle de las fortalezas que daría nombre a la actual ciudad de Guadalajara.
La reconquista definitiva de este castillo fue hecha por Alfonso VI, en el año 1085. Quedó en principio, en calidad de aldea, en la jurisdicción del común de Villa y Tierra de Atienza, usando su Fuero y sus pastos comunales. Tras largos pleitos de los vecinos, a comienzos del siglo XV consiguieron independizarse de los atencinos, y constituirse en Común independiente, con una demarcación de Tierra propia y un abultado número de aldeas sufragáneas.
Pero enseguida se vio que esa soltura de la tutela de Atienza iba a costar la entrada en un señorío particular. Vemos así como en 1434 el rey Juan II hizo donación de Jadraque, de su castillo y de un amplio territorio en torno, a su parienta doña María de Castilla (nieta del rey Pedro I el Cruel), en ocasión de su boda con el cortesano castellano don Gómez Carrillo. El estado señorial así creado fue heredado por don Alfonso Carrillo de Acuña, quien en 1469 se lo entregó, por cambio de pueblos y bienes, a don Pedro González de Mendoza, a la sazón obispo de Sigüenza, y luego Gran Canciller del Estado unificado de los Reyes Católicos.
Fue este magnate alcarreño, árbitro de los reinos castellano y aragonés, jefe de la casta mendocina, y hábil político al tiempo que notable intelectual, quien inició la construcción del castillo de Jadraque con la estructura que hoy vemos. En un estilo que sobrepasaba la clásica estructura medieval para acercarse al carácter palaciego de las residencias renacentistas, a lo largo del último tercio del siglo XV fue paulatinamente construyendo este edificio que finalmente, en el momento de su muerte, entregó a su hijo mayor y más querido, don Rodrigo Díaz de Vivar y Mendoza, marqués de Zenete y conde del Cid. Casó este bravo soldado, querido de corazón por los Reyes Católicos y admirado como uno de sus más valientes e inteligentes soldados, con Leonor de la Cerda, hija del duque de Medinaceli, en 1492.
A la muerte de su primera esposa, cinco años después de la boda, casó segunda vez con doña María de Fonseca, viviendo con ella desde 1506 en la altura del castillo, y naciéndole allí entre sus muros la que sería andando el tiempo condesa de Nassau, doña Mencía de Mendoza, quien siempre guardó un gran cariño hacia la fortaleza alcarreña, y a ella se retiró a vivir en 1533 cuando quedó viuda de su primer marido don Enrique de Nassau. El boato de las nobles cortes mendocinas, de aire inequívocamente renacentista, cuajó también en estos tiempos en los salones de este castillo, que fue morada del amor y el buen gusto.
Abandonado este castillo de sus dueños, el manirroto Mariano Girón, duque de Osuna y el Infantado, a finales del siglo XIX decidió venderlo, y fue el propio pueblo, representado en su Ayuntamiento, quien acudió a comprarlo, en la simbólica cantidad de 300 pesetas. Era el año 1889. El cariño que siempre tuvieron los jadraqueños por su castillo, en el que acertadamente siempre han visto el fundamento de su historia local, les llevó hace cosa de 20 años a restaurarlo en un esfuerzo común, mediante aportaciones económicas y hacenderas personales, lo cual es un ejemplo singular que, ojalá, debería repetirse en tantos otros lugares donde las deshuesadas siluetas de los castillos parecen llorar su abandono.
Descripción
Corona el castillo de Jadraque un cerro de proporciones perfectas. Su alargada meseta, que corre de norte a sur estrecha y prominente, se cubre con las construcciones pétreas de este edificio que hoy nos muestra su aspecto decadente a pesar de las restauraciones progresivas en él efectuadas. La altura y el viento suponen una agresión continua a estas viejas paredes medievales.
El acceso lo tiene por el sur, al final del estrecho y empinado camino que entre olivos asciende desde la basamenta del cerro. Se encuentra una entrada entre dos semicirculares y fuertes torreones, uno de los cuales, el izquierdo, se ha venido al suelo derrumbado no hace muchos inviernos.
La silueta o perímetro de este castillo es muy uniforme. Se constituye de altos muros, muy gruesos, reforzados a trechos por torreones semicirculares y algunos otros de planta rectangular, adosados al muro principal. No existe torre del homenaje ni estructura alguna que destaque sobre el resto. Los murallones de cierre tienen su adarve almenado, y las torres esquineras o de los comedios de los muros presentan terrazas también almenadas, con algunas saeteras.
El interior, completamente vacío, muestra algunas particularidades de interés. Al entrar a la fortaleza, tras el paso del portón escoltado como hemos dicho por sendos torreones fortísimos, se accede a un empinado patio de armas que siempre estuvo despejado, y que se encuentra en una cuestuda terraza de nivel inferior al resto del edificio. Por un portón lateral abierto en el grueso muro que define al castillo propiamente dicho, se accede a un primer ámbito, de forma rectangular, con algibe pequeño central, que fue sede de la edificación castrense propia mente dicha. Más adelante, hoy circuído por los altos murallones almenados, se encuentra el ancho receptáculo de lo que fue castillo palacio levantado por el Cardenal Mendoza.
En el suelo aparece un enorme foso cuadrado, hoy cubierto con maderamen para evitar caídas accidentales, y que bien pudo servir de sótanos y almacenamiento de provisiones y bastimentos. Más adelante, ya en el fondo del edificio, se ven los restos, en varios niveles, de lo que fuera el palacio propiamente dicho. A través de una escalera incrustada en el propio muro del norte, se asciende al adarve que puede recorrerse en toda su longitud. En el seno de la torre mayor, de planta rectangular, que ocupa el comedio del muro del mediodía, se ha puesto hoy una pequeña capilla en honor de Nuestra Señora de Castejón, patrona del pueblo.
El castillo poseyó un recinto exterior del que quedan algunos notables restos, como la basamenta de la torre esquinera del norte. Se trataba de una barbacana de escasa altura, probablemente almenada y provista de adarves con saeteras e incluso troneras para contrarrestar posibles ataques. Su planta reproducía con exactitud la del castillo interior, y venía a cerrarse en el extremo meridional del castillo sobre las torres que flanquean el acceso al primer patio de armas.
La amplitud del interior, la homogeneidad de su silueta, y una serie de detalles en la distribución de los ámbitos destinados a lo castrense y a lo residencial, nos muestran al castillo de Jadraque como una pieza netamente renacentista y ya moderna. Entre sus medio derruidos muros, sobre el vacío silencio de sus patios, resuenan aún los ecos de los personajes ilustres que allí habitaron, desde el Cid Campeador, que en calor de un verano subió a golpe de espada, hasta el marqués del Zenete, don Rodrigo que allá en la altura tuvo su corte de amor y sueños.

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